El arte de soñar

Los sueños son uno de esos fenómenos que ni los entendidos en la materia han podido descifrar por completo. Y si bien algo se sabe sobre los mecanismos que los provocan, su mecanismo y la función que desempeñan en nuestro cerebro permanecen siendo un misterio que se ha abordado desde todos los puntos de vista posibles sin encontrar una respuesta definitiva.

Queda claro que soñar, no simplemente dormir, es indispensable para la salud mental de un individuo. Y todos soñamos, lo recordemos o no. A veces podemos reconstruir el sueño completo, ocasionalmente un trozo y, con frecuencia, nada: Lo perdemos todo pero hay una región de la memoria, inaccesible, que guarda la historia entera: las aventuras, miedos y personajes que nos han tenido ocupados durante la noche.

Unos dicen que los sueños existen para ser olvidados, pero a mí me pasa con frecuencia que sueño que escribo, y de ahí han surgido no pocas historias breves que, mezcladas con la lógica del que ha despertado, se convierten en narraciones, así que el mérito de algunos de mis textos lo debo, al menos en parte, a esa zona irracional del pensamiento que sucede lejos de mi voluntad, en el terreno donde moran los fantasmas, lo imposible y lo francamente ajeno a la forma y a las reglas que gobiernan el mundo real.

A veces pienso que es como si viviésemos dos vidas independientes: La que transcurre mientras estamos despiertos y otra, compuesta de ese otro ser que somos pero que apenas asoma la nariz de vez en cuando. Hay elementos intermedios, pero son solo residuos del día que hemos dejado atrás. La verdad, la auténtica, sigue un curso oculto y subrepticio que nos hace libres como solo podemos serlo cuando hemos abandonado el yugo, la cadena y los prejuicios… cuando somos únicamente nosotros.

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El problema de la lectura

Este tema me ha estado dando vueltas en la cabeza desde hace algunos días, y lo único que he conseguido es entristecerme cada vez más. No leemos lo suficiente, y esto trae consigo una cadena de consecuencias como una hilera de fichas de dominó donde una hace caer a la siguiente y así sucesivamente.

No se trata solamente de que leamos poco, sino de qué leemos: ¿las actualizaciones de twitter o de facebook?, ¿cómics? ¿revistas o el periódico en el mejor de los casos? La mayor parte de las veces se trata de palabras efímeras, inocuas para el intelecto. No digo que debamos leernos la Enciclopedia Británica de la A a la Z, ni tratados de física cuántica, pero sí obras de calidad, que dejen una huella positiva en nuestros cerebros, en nuestras mentes y en nuestra actitud ante la vida.

Nadie sabe de dónde proviene el gusto por la lectura. Uno puede criarse en un hogar de padres lectores y detestarla, o convertirse en un lector voraz. En algún lado leí (y resulta absolutamente lógico) que quienes crecen en un hogar con libros tienen más probabilidades de convertirse en lectores, pero no siempre es el caso.

Tal vez esté equivocado, pero creo que la clave está en que el primer libro que tengamos en la mano sea el correcto. En mi caso fue una novela de Emilio Salgari titulada El filtro de los califas y, para un niño de poco más de diez años, resultó el desencadenante de una fiebre por la lectura que no se ha apagado jamás. Ya había leído otros libros con anterioridad, pero me dejaban indiferente. Este, sin embargo, se convirtió en el inicio de una cadena que ya contiene miles de eslabones.

Creo firmemente que solo un país donde la gente lee buenos libros puede ser libre, no solo porque estos abaten la ignorancia, sino porque siembran ideas, y estas se transforman en ambiciones, y con el tiempo se convierten en hechos, en realidades, en obras tangibles.

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La puerta

He intentado muchas veces describir la puerta en la casa de mis abuelos, y nunca lo he conseguido.

Una puerta de dos hojas, gris oscuro, con un postigo sólido e imbatible que mantenía fuera a los extraños, a los vendedores y a los indeseables. Una puerta impenetrable de madera que al menos tenía cinco centímetros de espesor. Sólida, invulnerable, segura.

La memoria, inevitablemente, altera mis recuerdos, pues la recuerdo como una barrera infranqueable que construyó mi abuelo con sus propias manos y que, en mi fantasía adolescente, nos protegía de cualquier intrusión. Nunca tuve llave de aquella frontera entre el mundo real y el idílico reinado de la absoluta seguridad, que me protegía de cualquier intrusión no deseada. En mi mente, en mis fantasías adolescentes, era una barrera inmejorable.

Pasaba las vacaciones adolescentes en casa de mis abuelos, leyendo el día entero y con la seguridad de que esa extravagancia era tolerada, favorecida y comprendida por mi abuela, viuda de un poeta inacabado y madre y abuela de dos fanáticos de los libros. La puerta nos resguardaba de los intrusos indeseables. Ella, inculta por causas de fuerza mayor, defendía la cultura y el conocimiento a capa y espada. Entendía, con tres pobres años de formación primaria, lo trascendente de la lectura, por extraña que fuese a su naturaleza. Una mujer sabia e ignorante al mismo tiempo, una joya que atesoraré mi vida entera.

La puerta nos mantenía aislados del resto del mundo, y ella era la guardiana de aquella barrera. Jamás podré pagar esa deuda, que me acercó a libros invaluables.

¿Cómo lo supo ella? Es un misterio. Mi teoría es que confió en el criterio genético del abuelo poeta y esperó (confió) que el hecho se repitiera. Y funcionó, porque los genes no fallan y la viuda de un poeta tuvo un nieto novelista.

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Biografías

Soy un entusiasta lector de biografías y no me importa si son noveladas o históricas. Incluso, disfruto de las autobiografías, aunque en este caso hay que leer entre líneas para descubrir algunas cosas que el autor se calla por pudor o por el simple deseo de ocultar sus defectos.

La razón de mi afición a las biografías (he leído cientos) tal vez se oculte detrás de un oscuro voyeurismo o, quiero pensarlo así, del deseo de aprender cómo es que esos importantes personajes llegaron a obtener logros tan marcados, no importa si se trata de un músico de rock o de un científico, un escritor o un caudillo revolucionario.

Claro, nadie experimenta en cabeza ajena como dice el dicho y leer la biografía de Miguel Ángel no nos convertirá en soberbios escultores, arquitectos o pintores pero, al menos a mí, me resultan lecturas inspiradoras. Descubrir los rasgos de carácter que hicieron a Leonardo Da Vinci un hombre universal, o saber cómo Santiago Ramón y Cajal venció los inconvenientes que le planteó la vida hasta convertirse en un científico que será recordado por siempre me estimula, me entusiasma, me divierte y, al mismo tiempo, se alzan como una fuente de inspiración.

Claro, no todas las biografías son reflejos del éxito. Las hay tristes y con finales trágicos, como la de Van Gogh. Pero asomarse a otra vida además de la nuestra nos enseña siempre algo.

A veces, cuando la biografía es buena, es como sentarse a tomar una larga taza de café con alguien prodigioso y escuchar de sus propios labios cómo fue su vida, desde el nacimiento hasta la muerte. No se nos permite hablar ni hacer preguntas, pero con frecuencia él o ella se adelanta nuestras dudas y, tras estrechar su mano y despedirnos, somos otros, sutilmente diferentes y, con frecuencia, mejores.

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Cuando hablan los ancestros

Cada vez que sentimos miedo a las alturas, a las serpientes, a los roedores o rechazamos los alimentos con sabor extraño, estamos escuchando a nuestros ancestros o, en realidad, son ellos quienes hablan por nosotros.

Y hablan desde lo más profundo, desde lo primordial, aquello que se formó primero en nuestro cerebro y que ocupa el centro, donde están los miedos, la ira y los apetitos más básicos y vergonzosos. El exterior, por el contrario, aloja la razón, los recuerdos y la imaginación.

No somos un diseño hecho a la medida, sino una de esas colchas que algunas mujeres habilidosas construyen con trozos de tela de distintos orígenes. Nuestro cuerpo es un conjunto de retazos y también nuestra mente lo es, al igual que los pensamientos que tenemos cada día.

Existen pocas cosas que nos pertenezcan de forma exclusiva y las que se me vienen a la mente bien pueden deberse a nuestra ignorancia sobre la forma de pensar de otros animales. Se dice que la conciencia (la noción de nuestra propia existencia) es exclusiva del hombre pero, ¿alguien puede afirmar que un delfín o una ballena carezcan de ella? No con plena certeza, hasta donde sé.

La primera vez que entendí esta noción, tuve la certeza de que Dios (aún creía en él) no era en realidad el arquitecto magnánimo e infalible del universo, sino algo mucho menos halagador, mucho más humilde y hasta cómico. En lugar de crear el infierno, el cielo, el Edén y en él al hombre perfecto y acabado, se ha comportado más bien como un chocheante doctor Frankenstein que fue añadiendo piezas a su monstruo sin retirar las partes caducas, las inútiles o las redundantes.

Por eso, pienso yo, el hombre funciona a veces de manera tan ineficiente, tan errática… tan humana.

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