Hace poco menos de diez años, en mis correrías y vagabundeos por la red, descubrí que alguien estaba desarrollando algo que se llamaba e-ink, o tinta electrónica. Le seguí la pista hasta que, en el 2006, Sony lanzó el famoso Sony Reader (tras un breve experimento con el Librie, que solo se vendió en Japón). Lo compré de inmediato.
Ya tenía yo varios años leyendo eBooks, primero en varias Palm y más tarde en una Pocket PC, pero la e-ink me dejó sin habla.
Debo decir que soy un enamorado de los libros y un lector voraz que, a pesar de comprar muchos libros usados para ahorrar algo de dinero, con frecuencia debía adquirir en el extranjero libros que en México eran imposibles de conseguir.
Los eBooks resolvieron ese problema. Son más económicos, pesan menos y en el lector de eBooks más humilde se pueden llevar varios miles. El aparato necesita recargarse solo una vez al mes y, si tengo el deseo compulsivo de comprar uno, basta conectarme a la red desde el mismo lector y en menos de cinco minutos ya lo estoy leyendo.
En casa tengo 3 ó 4 mil libros, y todos ellos cabrían en una tarjeta de memoria de 20 ó 30 dólares, cuando mucho. ¿Prefiero los libros electrónicos sobre los de papel? Definitivamente no, pero he de plegarme ante una realidad ineludible: Son mucho más prácticos y la “experiencia de lectura”, sobre todo con las nuevas pantallas, es muy semejante, una vez que nos hemos acostumbrado al breve parpadeo cuando pasamos la página.
Yo mismo he publicado mis últimos libros en formato electrónico porque he comprendido que los eBooks son una tendencia que, como la televisión, los CDs y la fotografía digital, terminará dominando.
Miro las estanterías repletas de mi biblioteca y no puedo dejar de sentir cierta tristeza: Me está tocando vivir la muerte del libro impreso, y eso no es poca cosa.